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Presidente, llamadlo estatalidad dentro de la UE

Una crisis económica sin precedentes que comporta una gran factura social, la excesiva dependencia con respecto a los acreedores externos que nos impide hacer políticas públicas paliativas y las reiteradas amenazas de intervención por parte de Madrid están situando Cataluña, sus ciudadanos y su autogobierno, en los momentos más graves desde la muerte del dictador.

El país está sufriendo como hace décadas que no lo hacía, hay centenares de miles de parados y cada día hay empresas que cierran. Las administraciones públicas del país sufren para llegar a final de mes, sectores enteros de la economía catalana están desapareciendo, los jóvenes empiezan a emigrar (más de 20.000 en los últimos dos años) y el porcentaje de población en riesgo de exclusión social está alcanzando niveles alarmantes.

Cataluña necesita tener acceso a instrumentos políticos adecuados para superar esta situación y estos instrumentos no están ni en Barcelona ni en Madrid, sino en Bruselas, en Estrasburgo o en Frankfurt, donde sólo tienen acceso los estados. Cataluña, pues, necesita un estado propio para participar en la búsqueda de una respuesta europea a la crisis, compartiendo su soberanía con los otros estados miembros.

Según los expertos, cerca del 70% de la legislación que afecta al ciudadano europeo proviene directamente o indirecta de las instituciones europeas. Si Cataluña, como actor político, quiere participar en la toma de estas decisiones a nivel comunitario y no limitarse a ser un simple espectador, necesita un estado propio.

Con un estado propio, el Gobierno de Cataluña podría participar en las conferencias intergubernamentales donde se reforman los tratados comunitarios (las reglas de juego básicas dentro de la UE), su primer ministro participaría en las reuniones del Consejo Europeo y sus ministros en las del Consejo de la UE. Un estado catalán podría proponer uno de los miembros de la Comisión Europea y, con 7,5 millones de ciudadanos, le corresponderían una quincena de escaños en el Parlamento Europeo (ahora sólo cuenta con media docena de europarlamentarios). Asimismo, el Gobierno de Cataluña tendría acceso directo en el Tribunal de Justicia de la UE cuando se produjera un conflicto de competencias y podría escoger uno de sus miembros. Y evidentemente, con un estado propio la oficialidad de la catalán en la UE sería automática. En resumidas cuentas, sin proponérselo, el proceso de construcción europea se ha convertido en uno de los principales argumentos a favor del estado propio. Si Cataluña quiere disponer de un cierto grado de soberanía (compartido con el resto de estados europeos), necesita su propio estado.

Paralelamente, la historia reciente del continente europeo nos muestra una gran cantidad de ejemplos de nuevos estados que hoy día, en su mayoría, están totalmente homologados e integrados en la gobernanza europea. En los últimos veinte años, Europa ha visto cómo nacían 19 nuevos estados dentro de sus confines. De norte en sur: Estonia, Letonia, Lituania, la Federación Rusa, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Montenegro, Kosovo, Macedonia, Georgia, Armenia y el Azerbaidjan. De éstos, ya hay seis que son miembros de pleno derecho de la UE (a los cuales se sumará Croacia el año que viene) y tres están ya dentro de la zona euro. Si la mayoría de estos estados, que inicialmente partían de una gran distancia económica y política respecto de la media de la UE, ya están dentro de la UE o en camino de estarlo, es evidente que Cataluña podría seguir los mismos pasos. Aunque no es previsible que la UE dé apoyo a la secesión de uno de sus estados miembros (los tratados no lo prevén), una vez se haya producido el hecho político (la secesión), no hay ninguna duda que, de manera más o menos automática, llegará el hecho jurídico que lo legitime (una decisión ad hoc de la UE para acomodar la nueva realidad).

La carta que hay que jugar, pues, es la del estatalidad en el marco de la UE. Independencia es un término decimonónico, demasiado ligado a los procesos de descolonización y que no responde adecuadamente a los planteamientos que hay que hacer dentro de la Unión Europea del siglo XXI. Cataluña no quiere un estado propio para levantar fronteras, emitir moneda catalana y crear un ejército propio. Cataluña forma parte de la UE y quiere seguir formando parte, como actor político que comparte su soberanía con la del resto de estados europeos. Nuestro país quiere participar en los mecanismos de toma de decisiones en Bruselas, codecidiendo con el resto de socios sobre las políticas públicas más adecuadas para salir de la crisis, defendiendo sus legítimos intereses y participando de una de las experiencias de construcción política más atrevidas de la historia: la unificación europea.

Hoy, 9 de mayo, homenajeamos a los políticos visionarios que, en medio de los escombros de la II Guerra Mundial, imaginaron un horizonte de paz y prosperidad en una Europa unida en la diversidad. Hoy, que nuestro país vive momentos graves, necesita avanzar hacia un nuevo horizonte que garantice un futuro de progreso y cohesión social. Y este horizonte no puede ser otro que el estatalidad dentro de Europa.

¡Feliz día de Europa!

Kolja Bienert es presidente de Horitzó Europa

Artículo publicado en el Ara, el 9 de mayo de 2012, en la página 26 (en catalán)

Etiquetas:Cataluña, estatalidad, Europa, independència, Opinión