¿Alianza entre Europa y Sudamérica?

La UE y América del Sur tienen que dejar de darse la espalda porque los dos bloques se necesitan

En un mundo globalizado como el actual, donde la fuerza de China parece condicionarlo todo, las restantes potencias deben elegir entre esforzarse para entenderse con el dragón asiático o construir una alianza con otros bloques continentales. La primera opción presenta resultados inciertos y comporta jugarse el futuro a una sola carta. La segunda opción, en cambio, ofrece más alternativas y refuerza un modelo de relaciones internacionales más equilibrado.

En este marco, hay dos regiones del mundo que tienen un largo camino de colaboración aún por explorar: Europa y América del Sur. Ambas comparten una serie de características que las convierten en potenciales socios en un momento de incertidumbre generalizada. Hasta la fecha, se han ignorado cordialmente y han concentrado sus esfuerzos en entenderse con la gran potencia del momento, se tratara de Estados Unidos o, como ahora, de China. Pero la crisis económica puede forzar un acercamiento.

Más allá del período colonial, Europa ha tendido a ignorar a América del Sur. Así, si se nos pregunta por nuestros aliados naturales, nos olvidamos de ese continente y, de forma ingenua, nos limitamos a señalar a Norteamérica. Esta falta de interés ha dejado el campo libre a EEUU, que hasta hace poco actuaba en América Latina como en su patio trasero. Afortunadamente, la llegada de la izquierda en la mayoría de países sudamericanos ha permitido ensayar nuevos modelos políticos y económicos, que han facilitado, en general, minimizar la endémica inestabilidad política de la región, desarrollar la economía, reducir la pobreza y la dependencia del exterior y, en definitiva, mejorar la autoestima de estos países.

Debemos tener presente, por ejemplo, que Brasil acaba de superar al Reino Unido como sexta economía mundial o que cuatro de las 15 economías con mayor crecimiento del mundo son de la región: Paraguay (14,4%), Argentina (9,1%), Perú (8,8%) y Uruguay (8,4%). Sudamérica representa hoy día un atractivo mercado en expansión de más de 350 millones de personas. Y esto sucede al tiempo que nuestro continente está sufriendo una crisis económica histórica (el primer país de la Unión Europea (UE) en la lista de países por índice de crecimiento es Bulgaria, en la posición 53).

Es justo ahora cuando despierta el interés europeo por la región. Más allá de los intentos para colocar deuda soberana en la zona (no muy exitosos), la UE parece tener prisa para cerrar el histórico acuerdo de libre comercio con el Mercosur, la unión arancelaria formada por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y dice estar dispuesta a ceder en algunas de sus pretensiones proteccionistas a cambio de un mayor acceso de sus productos y servicios a la región.

Sin embargo, ante este repentino interés europeo, las potencias emergentes sudamericanas responden con la misma moneda que han utilizado tradicionalmente los europeos, con indiferencia y orgullo mal disimulado. El Brasil de Dilma Rousseff aspira a jugar en la liga de las principales potencias políticas y económicas del mundo. Con una actitud de afirmación nacional desacomplejada, Brasil se presenta al mundo como representante de toda Sudamérica, ignora a la UE en los foros internacionales y se resiste a verla como un socio prioritario. La Argentina de Cristina Kirchner adopta políticas populistas y cierra la puerta a los productos extranjeros, incluso a los que vienen de sus vecinos. Chile apuesta por China al punto que, en el 2006, se convirtió en uno de los primeros países que firmaron un acuerdo de libre comercio con el gigante asiático. Los ejemplos de desdén hacia Europa no son pocos…

Si Europa no figura entre las prioridades de la región, no es por una actitud revanchista. Tiene una explicación clara: la pérdida de peso específico de Europa en el mundo y la incapacidad de la UE de reaccionar de manera coordinada ante la crisis. Los países de la región temen que la ineficacia de las autoridades del viejo continente hunda definitivamente el mercado europeo (que sigue siendo muy importante para la mayoría de ellos) y ponga en peligro el crecimiento de las economías sudamericanas.

América del Sur y Europa deben dejar de darse la espalda. Se necesitan y se necesitan como bloques internamente bien integrados, capaces de colaborar para plantear una alternativa al modelo sinocéntrico. Los sudamericanos deben ver a Europa como un aliado fiable que les puede proporcionar experiencia, tecnología, un mercado de 500 millones de personas y valores compartidos de democracia, paz y justicia social. Los europeos debemos ver a Sudamérica como una potencia económica creciente, una buena alternativa al Extremo Oriente, más cercana a nuestra cultura y a nuestra forma de ver el mundo.

La esperada firma del Acuerdo de Libre Comercio entre la UE y el Mercosur, que podría ser una realidad este año, es una buena ocasión para cimentar los fundamentos de una alianza estratégica que puede dar grandes beneficios a ambas partes.

Albert Royo Mariné es politólogo y vicepresidente de Horitzó Europa

Artículo publicado en el Periódico, el 20 de enero de 2012, en la página 8

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